lunes, 18 de junio de 2012

PROHIBIDO QUEJARSE

Pensaba que mi vida no iba bien. Sentía que algo siempre me faltaba. Entonces hablé con Dios. 
 

- Me quejé de lo que me salió mal en el trabajo, pero no agradecí las manos que tengo para trabajar.  

- Me quejé de tener que soportar el ruido de mis hermanos, pero no agradecí por tener una familia. 
 

- Me quejé cuando no tenía lo que más me gustaba para comer, pero olvidé agradecer el hecho de tener qué comer. 
 

- Me quejé por mi salario, cuando miles ni siquiera tienen uno por estar parados. 
 

-  Me quejé porque no apagaban la luz de mi cuarto al salir, pero no pensé 
en que muchos no tienen hogar donde tener alguna luz encendida. 
 

- Me quejé por no poder dormir un poquito más, olvidando a quienes darían todo por tener su cuerpo sano para poder levantarse. 
 

- Me quejé porque mi madre me reprendía, cuando millones desearían tenerla viva para poder honrarla y abrazarla. 
 

Me quejé porque no tenía tiempo, cuando me solicitaron dar una charla 
sobre Jesús, olvidando el privilegio que es poder hablar a otros de su 
infinito amor. 
 

Dios me iluminó en esa conversación y entonces 
comprendí mi egoísmo y lo ingrato que he sido con Él. Fue cuando 
entonces comencé a agradecerle todas las cosas que había olvidado, y aún 
más de aquéllas por las que tanto me quejaba. 
 

Recuerda este proverbio: "Pobre del que, al final del día, no sepa qué agradecer ni a Quien".  

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