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A propósito del Día del Periodista
No sé si el periodismo es la mejor profesión del mundo, pero quiero creer que es una de las más apasionantes.
Significa escribir en una pizarra frente a la plaza principal de Villa María las más destacadas noticias que llegaban un día después en los diarios de Buenos Aires, y recibir como todo pago el porcentaje de los avisos fúnebres que figuraban al pie de la información.
Representa que te rechacen de una emisora (luego comprobadamente fascista), aún habiendo rendido muy bien un exámen de voz y de redacción, por querer expresar libremente las ideas.
Hace vivir el intrínseco temor humano, la censura y las amenazas de muerte para el periodista y su familia de hijos muy pequeños después del "Navarrazo" (que toda Córdoba aceptó sin chistar), cuando Telleldín era amo y señor de vidas y haciendas en Bell Ville y el resto del departamento Unión.
Suele provocar que te detengan en Bell Ville, te lleven esposado a la D2 de Córdoba, te hagan dormir a la intemperie en pleno junio, mientras calle de por medio tiraban arroz en el casamiento del entonces intendente de Córdoba, Coronel, a la vez que las muñecas se cortaban al filo de las esposas. ¡Ay, cómo se escuchaban las risas y el "vivan los novios"!.
Significa también retornar de la oscuridad de Radio Unión en bicicleta, en la medida de lo posible acompañado, porque no se sabía que podía pasar al transitar el Parque Tau.
Equivale a ver como te arrancan compañeros y amigos por el solo hecho de leer artículos de la revista "Crisis" o difundir un tema de Los Olimareños.
Representa poner el pecho todos los días a las presiones de las listas de temas prohibidos y no ceder nunca a la "facilidad" de entregar a un colega "fichado".
También es un profesional pasible de ser calificado como liberal por los izquierdistas, fascista por los progresistas, peronista por los radicales, radical por los peronistas, y así hasta el infinito.
Obliga a vivir en un medio pequeño, donde la noticia real, verdadera, comprobada, es asumida por cada involucrado como una cosa personal, lo que a su vez provoca la negación del saludo, el comentario descalificador y el rencor eterno.
Es también la profesión donde uno se ve obligado a no publicar una nota, porque un funcionario de segunda línea amenaza con despedir a una empleada contratada, por el solo hecho de que cometió el atrevimiento de hablar con la prensa, cuando el que esperaba lucirse era el jefe.
Además es un trabajo de palmadas fáciles, cuando la nota refleja un acierto del entrevistado, que se trastoca en un rictus de desprecio apenas surge una crítica.
Eso de la mejor profesión del mundo o de una de las más apasionantes, solo da satisfacciones con el hallazgo de la frase correcta y redondita, el comentario oportuno y la aparición en cámara con la seguridad de mostrar la realidad, según el tipo de medio en que uno se desenvuelva.
Lo demás es fantasía, imaginación y a veces (bendita sea la ingenuidad), una mirada cholula sobre el periodismo.
Con tantísimos años de trajinar redacciones, micrófonos y estudios, esa es la realidad. Ni para la algarabía, ni para la tristeza.
El periodismo consume la vida entre verdades, malentendidos, aciertos y errores. Y consumir la existencia es mucho decir, aún en la pasión que provoca una vocación.
Puede resumirlo y asumirlo con dignidad, alguien que tiene casi 50 años en el "lomo" con esta carga pública y privada.
Si aquí ven reflejada la vida y el quehacer de un periodista, bienvenido sea. Porque según entiendo, hay muchas personas que creen que la lucha por la democracia, por los derechos humanos y por una vida digna, comenzó justamente el día en que ellos tuvieron uso de razón y comenzaron a participar de la vida comunitaria. Los sufrimientos, el insomnio y el dolor de "los viejos" no cuentan. "Ya fue", (como se estila decir ahora). No hay pasado, lo cual tristemente, significa que no hay futuro.
De todo corazón a los que tengan la paciencia de leer esta larguísima concepción de lo que es el periodismo de pago chico.
Los abrazo fraternalmente.
Osvaldo Etrat